Tuesday, October 09, 2012

( zapico y cenizas )


el viernes pasado tocaba presentar Cenizas en la librería Joker de Bilbao, y en el último momento y por sorpresa apareció Alfonso Zapico por allí (también Manuela y Pep). Alfonso había preparado un largo texto para leer en la presentación, y para los que no estuvisteis, aquí os lo pongo al completo. es largo pero yo casi hasta me emocioné un poco. pero poco, que soy un tipo rudo

no podría estarle más agradecido, porque como ya sabrán, el señor zapico fue parte importante durante mi estancia en Angouleme, y una de las personas que más entusiasmo demostró por el proyecto

Cenizas

Resulta muy difícil hablar sobre el libro de un amigo, más aún cuando se ha visto nacer ese libro, y crecer, y engordar, y desparramarse en forma de papelitos amarillos por las mesas del taller, y ordenarse para volver a desordenarse una y otra vez, mientras las páginas se acumulaban sobre la mesa de luz con pequeños rostros, pequeños diálogos, paisajes minúsculos e irreales que crecían bajo la bombilla del flexo hasta que, de repente, el tipo que perpetraba todo aquello recogió y se volvió a casa para terminar el libro, dejándonos el recuerdo de los días pasados y un horrible olor a café adherido a las paredes, recalentado y evaporado, que todavía se huele.
Cenizas es una historia que transcurre en unos pocos días, que el lector consume en unos pocos minutos y que debería conservarse para siempre. Pero su elaboración, lenta y silenciosa, se ha prolongado durante año y medio.
Cuando los copos de nieve caían y el frío impenitente del sudoeste francés helaba las contraventanas de la Maison des Auteurs, la silueta barbuda de Ortiz se escondía en aquel cálido taller donde se pasaba la mayor parte del día porque así se ahorraba el coste de la calefacción. No era raro entonces que, a mitad de una conversación banal donde alguien sugería ir a comprar pan o tomar un café en la plaza del mercado, aquel aragonés impávido cortara de cuajo el diálogo para preguntar “¿Vosotros sabéis exactamente cómo se incinera un cadáver?” o “si yo tuviera un amigo que se muere de forma imprevisible, ¿qué tipo de muerte podría ser?”.

Pero en fin, llegó el deshielo, casi se adivinaba la primavera, Ortiz seguía construyendo su pequeño mundo mezcla de tantos mundos, y necesitaba documentación. Cenizas, que es su obra más ambiciosa hasta hoy, es también la más fiel y la más documentada. ¿Qué pensaría aquella señora de gafas, la propietaria del estanco-librería de la Place des Halles, cuando vio entrar por la puerta a aquel extraño personaje todo vestido de negro, que se daba un aire al presidente de la República Islámica de Irán, y que le compró un Aston-Martin de juguete (que por cierto, es también el coche de 007). Aquel cochecito se pasó meses en la mesa de Ortiz, que nunca lo desenganchó de su plataforma de plástico para evitar que Martín Romero o yo mismo jugáramos con él (lo que por cierto es una cosa bastante ruin y típica de aquellos niños repelentes que jamás compartían nada).
Quien quiera probar el nivel de autoexigencia de Álvaro en la recreación de sus escenarios, podrá buscar en su libro la factoría con una enorme chimenea de vapor en el pueblo donde vive Moho, y que no es otra que la fábrica de cementos Lafarge, de La Couronne, a las afueras de Angoulême.
En cambio, visto está que para la escena de sexo esplícito entre dos ciervos, en la parte final del libro, se confió más a su propio sadismo que a la naturaleza científica.

La primavera llegó a Angoulême, los autores de cómic abrieron las contraventanas y apagaron los radiadores, la vida volvió a las calles y Álvaro seguía atascado con su historia. “Ésta será diferente” -decía. “Ésta es mi historia imporante, es mi libro”. Y lo sería, pero claro, él todavía no podía saberlo, porque sólo tenía treinta y pico paginuchas dibujadas, unas pocas a color, y muchas publicaciones de Facebook que compartir, muchos tuits que escribir y muchos grupos de cutrefolk canadiense que descubrir (o redescubrir). La Maison des Auteurs tiene esa rara cualidad: transforma a sus autores y les da una nueva perspectiva de las cosas, nuevas ideas y nuevos compañeros, pero entre sus paredes se van las horas y los días antes que uno acomode el culo al taburete.
Ortiz se armó de coraje, planificó su calendario, cogió aire y se dispuso a acometer el proyecto de una vez por todas; todos los detalles están en su cabeza, la historia está casi cerrada, los personajes han tomado forma, las dudas han desaparecido y la carretera de ese viaje de tres amigos y una urna hacia ninguna parte es una recta inmensa sin límite de velocidad. ¿Y qué pasó entonces?
Pues que llegó el verano. El taller de dibujo se convirtió en un lugar inhabitable y la mesa de luz en una parrilla, las contraventanas volvieron a cerrarse, los paseos desde el CIBDI hasta la Maison des Auteurs se tornaron marchas de castigo bajo un sol abrasador. Cuando el lector de
Cenizas vea esos paisajes
desérticos y sofocantes con camaleones atrapando moscas con la lengua, no hace falta que lleve su imaginación al Estado de Nevada o a la famosa Ruta 66; El perro Chingón podría estar en Saint-Cybard o Gond-Pontouvre, lugares cuya desolación en agosto en nada desmerece a la de la América profunda. Y Álvaro, que se ha hecho sus propias road-movies en el verano charentés, ya sea en bicicleta o a pie, lo sabe.
El verano terminó, y esto no es cosa triste en Angouleme, sino simplemente la señal de que se puede volver a pasear sin esperar a las siete de la tarde. Ortiz, enfrascado como estaba en las aventuras de los tres amigos que forman su historia, con sus vidas cutres de apartamentos compartidos, proyectos fracasados, reproches silenciosos y preguntas sin respuesta, no tenía en aquellos días apenas tiempo para cosas terrenas (como la cocina) oficio de mortales y gente sin ocupación. Así que nos reuníamos en un vasto campo de hierba a orillas del lago Saint-Yrieix y el maño aparecía con una ensalada de pasta (o de varias pastas con diferente cocción) mezclada con tomate, trozos de calabacín y cosas raras. El lector se preguntará: ¿cómo es que en Cenizas, donde aparecen tantos personajes fumando, bebiendo, consumiendo estupefacientes o agrediéndose, apenas aparece nadie comiéndose una mísera empanadilla? El autor se delata en su punto débil, y esta curiosidad merece ser revelada.
Tampoco me olvido de que, a falta de túper, llevaba sus famosas ensaladas en envases de helado de turrón, y así ya son dos los detalles que ven la luz.
Cambiaron los colores de la vieja ciudad de los Valois, se tiñeron los bosques de rojo y llegó el otoño. Otoño de cafés, de música, de bares de dos pisos y sillones gastados de piel.
Cenizas era ya inevitable. En un octubre como éste, con la Feria del Libro de Frankfurt a las puertas, Álvaro ordenaba sus páginas, numeraba sus archivos y enviaba e-mails. ¿Quizá fue en estos días cuando se decidió que Cenizas se llamaría Cendres poco tiempo después? No lo sabemos. Ni Álvaro tampoco. Pero la mesa de luz siguió encendida, la carretera siguió extendiéndose lejana y el Aston-Martin de juguete siguió su camino.
Como sus pequeños personajes, Álvaro vivía intensamente, y un día cogió sus maletas y dejó la periferia para mudarse al centro de la ciudad. Allí, en una vieja buhardilla de la vieja place du Palet, por fin el maño vio desvanecerse el fantasma del hambre, y fue acogido por dos argentinos que vivían en el dúplex de abajo y también eran autores de cómic: Agrimbau y Varela.
Siempre se ha dicho que con la tripa llena es más fácil trabajar, y esto vale también para los autores de cómic, por más bohemios que sean y vivan en una buhardilla. Los últimos meses Ortiz se encerró en su taller y comenzó a terminar el libro (que dicho así vale) o mejor dicho aún, terminó de empezar su obra, todas las obras que le quedan aún, y que hasta entonces no había empezado del todo porque aún no se había lanzado de cabeza, temeroso pero libre. Y ser libre es importante.
Y llegó diciembre, los vagones de los trenes se llenaron de gente que iba al norte o al sur, o a donde quiera que fueran, y Ortiz cogió su maleta y su banjo (que se había comprado aunque no sabía tocar) y volvió a casa, en un día de ésos con el cielo saturado y de color pastel, de los que no existen pero que él dibuja tan bien en sus fondos, y entonces uno se da cuenta de que son reales.
A partir de aquí, todo me lo he tenido que imaginar, porque ya no vi Álvaro nunca más delante de aquella mesa llena de papeles y terrones de azúcar. Pasó el tiempo, y aquella mesa de la Maison des Auteurs me la dieron a mí, y fue -un poco- como si me dieran la urna con las cenizas de Héctor. “¿Qué se supone que tendré que hacer yo en esta mesa?” Me pregunté. “¿Dónde estará Ortiz?” Y no pegué ni una postal en aquella mesa metálica, no colgué ningún dibujo, porque me sentía como los personajes de Cenizas cuando los amigos están lejos, los días son grises y uno no sabe qué carretera tomar.
La Maison des Auteurs es un lugar en el que, igual que otros quizá más literarios, todo sucede porque nadie más que uno mismo lo impide o lo permite. Parecía en un principio que Álvaro Ortiz estaba perpetrando una locura utilizando sus elementos más recurrentes: simios con la chorra al aire, espíritus, barbudos, garfios, lucha mexicana, alcohol y drogas, bares de carretera y gente fronteriza de mal vivir. Y parecía que no le
importaba qué historia dibujar, mientras dentro de ella cupiera todo este galimatías estético.
Pero no, era justo al revés, y en realidad Álvaro simplemente quería hacer una historia sobre la amistad. Sobre tres amigos que se reencuentran, se ajustan las cuentas pendientes y vuelven a estar unidos gracias a la generosidad de un cuarto, protagonista y forzosamente ausente.
Los auténticos amigos son tan escasos hoy en día que -casi- apenas nos quedan los viejos amigos, los que se conservan después de tantos años, desgastados y decepcionados, pero firmes en su amistad como los personajes de Álvaro Ortiz. Eso es
Cenizas, un hermoso homenaje a los viejos amigos disimulado con cowboys, drogas y violencia gratuita, que no impiden ver detrás del Ortiz chabacano y cutre al Álvaro amigo, a los amigos de Álvaro, al Álvaro auténtico. 


y de propina os dejo aquí el Little Ortiz, también obra de Zapico listo para imprimir y montar! pronto prometo poner un post contando qué tal fue el tour norteño, pero vamos, que fue todo muy bien!



1 comment:

Carlos Rioja said...

Plas, plas, plas :,)